lunes, 4 de julio de 2016

Camino en la noche...

Camino en la noche...



Voy caminando en esta noche sumido en la oscuridad de mis pensamientos. Me envuelve en su siniestra presencia, me rodea con las sombras de los árboles que se muestran hacia mí. Se me antojan gigantescos; con su gran altura me hacen contemplar mi propia pequeñez.
Observo sus hojas balanceándose al ritmo del viento. 
Mis pasos lentos me conducen hacia “ninguna parte”, porque no tengo ningún sitio hacia dónde ir. No tengo a nadie que me espere, ninguna casa que me acoja para darme la bienvenida tal vez.
Estas son mis ideas engañosas, porque sí sé dónde iré. Son mis pasos, los que ignorantes se ven guiados por una razón que les cuesta admitir. Sí es verdad que nadie me espera, pero en mi mente tengo dibujada una casa a la que quiero volver a ver.

La que he estado anhelado durante tanto tiempo. 
Esa casa que me llama constantemente para que regrese allí.
Son mis ideas las que me quieren traicionar y obligarme a dar marcha atrás, que deshaga mis pasos, más estoy decidido a continuar caminando siempre hacia adelante, aunque me cueste, aunque me duela.

Aunque lo que me encuentre me produzca aún más pena de la que ya siento. 
No quiero permanecer más tiempo en un sitio en el que no quiero estar, en esa ciudad que me acogió, pero a la cual no pertenezco, aunque estuve asentado en sus calles, y anduve junto a otras personas tan ajenas a este lugar, como yo mismo.


Ese sitio en el que no nací, es la ciudad que nos adoptó como si fuéramos hijos suyos.
Y nos mostró su hermoso semblante, a la vez que también nos enseñó su rostro

más severo, obligándonos a ser valientes y a continuar. 
Mientras voy caminando rememorando lo que he dejado atrás, intento convencerme de que he tomado la decisión adecuada.
Soy dueño de mi propia vida y puedo elegir.
Pero ahora tengo ganas de salir de este bosque que confunde mis pensamientos. Que se asemeja a esa selva oscura que recorrió el gran poeta italiano en sus versos.
Mas no quiero visitar más infiernos, no me merezco el purgatorio porque ya he sufrido bastante.
Quiero hallar el Paraíso, ese último edén que me espera en alguna parte, quizás esté hacía donde me dirijo.
En esta noche me ilumina la luna llena, su intensa luz destaca bajo el cielo negro, salpicado por escasas estrellas.
Levantó mis ojos para mirarla y entiendo su inspiración. Es la musa que acompaña a los poetas, es la esencia del romanticismo, el misterio de lo incomprensible porque está muy lejana. Es ese color que fascina al pintor, cuando la viste con sus delicados tonos blanquecinos, grisáceos, azules, rojos y púrpuras.
Es la melodía interior que siente el músico cuando compone sus obras maestras.
Estoy recorriendo un sendero casi silencioso, pero el silencio no es tal silencio, es un engaño para el poco observador, para el que no quiere oír los sonidos que pueblan el bosque. Algunos, bien es verdad que apenas son perceptibles para nuestro oído humano. Aun así, escucho murmullos a mi alrededor; la suave brisa que hace mecer las hojas de los árboles, algún grillo que canta en alguna parte, algún revolotear de alas que pasan veloces sobre mi cabeza… Una especie de escalofrío me sacude de arriba hacia abajo, al imaginar que en el bosque pueden existir fantásticas criaturas, fantasmas que se ocultan tras las sombras de los árboles para asustar a todo aquel que se atreva a penetrar en sus dominios. Fantasmas imaginados tal vez por nuestra propia mente, por esos miedos que nos asaltan cuando estamos solos, cuando nos enfrentamos cara a cara con nosotros mismos.
Y siento que el bosque me habla con su voz melancólica, contándome todas las historias que guarda en su interior.
Es el idioma de los viejos árboles; los que han visto pasar el tiempo y que retienen el eco de las almas humanas. Retazos de sensaciones se cobijan entre sus duras cortezas.
Conservan la vieja memoria de aquellas personas que alguna vez se sentaron bajo sus ramas `para descansar de sus largos viajes, o gentes que buscaron en este rincón un poco de paz; momentos para reflexionar sobre sus vidas y sus problemas. En un tronco hay grabados varios nombres, promesas de enamorados que sellaron su amor en su corteza, para quizás perpetuarlo para siempre.
Esos nombres, ahora apenas son visibles. En la penumbra, sólo puedo atisbar algunas letras, pero paso mi mano por estas y notó su rugosidad, las diferentes formas de cada vocal o consonante; y por unos instantes me detengo a imaginar aquel mensaje de amor.
Voy andando por el camino muy despacio, pero he conseguido llegar al final del estrecho bosque, y diviso en la lejanía la silueta de un pueblo.
Pensaba que no iba a llegar nunca, que mis pasos tranquilos tardarían en encontrarlo, pero estoy a pocos metros del lugar.
Me adentro en este, que está iluminado por algunas farolas. A estas horas de la noche, las calles están desiertas. Sus ocupantes probablemente estarán durmiendo.
Sumergidos en su sueño nocturno, se olvidarán durante algunas horas de su realidad. Su rutina quedará a merced del disparate onírico, donde el tiempo es un capricho que navega por el inmenso mar de la mente. Algunos tendrán bellos sueños, otras pesadillas que les llenarán de angustia, algunos no recordarán nada de lo que han soñado; pero todos estarán esclavos de su subconsciente. 
Puede que otros estén despiertos, debatiéndose con un insomnio permanente que les obligará a dar vueltas sobre sus camas una y otra vez, sin conseguir la dicha del sueño placentero.
Mientras pienso en ello, sigo caminando en la noche y aspiro su aroma.
Porque mi noche tiene olor; ése olor a soledad, ése olor a interrogantes, ése olor a espacios vacíos que no se llenan nunca. Esa ansiedad retenida que me asalta en alguno de mis momentos, causándome el hondo penar que me produce saborear su sinsabor. Porque a nada sabe la soledad, tal vez a amargura y a cansancio constante. Tal vez hace que aflore nuestro llanto para desgarrarse, arrancado de lo más profundo de nuestra alma.
A veces cuando camino, como en esta noche, aspiro otro olor distinto, aún más melancólico.
Es el olor del ayer. Me regocijo con sus entrañables recuerdos, los que siempre me acompañan, los que huelen a viejas estampas vividas, a horas añejas de mi pasado.
Me señalan con sus dedos nostálgicos una y otra vez, y las visualizo como una serie de imágenes fotográficas que me muestran todo lo que he sido, lo que no fui, lo que perdí, lo que no me dejaron ser. Es mi deuda constante a una memoria que se niega a desaparecer.
Inmerso en mi retrospectiva, no me doy cuenta de que he llegado a mi destino. Estoy en la calle principal. A un lado, cerca de la carretera hay un letrero donde pone el nombre del pueblo y de otros cercanos a este; lo he visto tantas veces que me lo sé de memoria.
A continuación diviso la iglesia mudéjar, con su alto campanario destacando sobre todas las casas. Recorro unos pasos más abajo y me encuentro con el abrevadero, donde bebían agua los animales hace ya bastantes años.
Mis pies me conducen después hacia aquel callejón de las brujas. Tan temido cuando era un zagal y me contaban aquellos cuentos de terror. Circulaban leyendas inquietantes sobre ese callejón; y siendo niño me imaginaba a toda una corte de mujeres haciendo sus aquelarres y vistiendo de miedo a aquel rincón del pueblo. Nunca pasaba por el callejón solo, y mucho menos si ya había oscurecido.
Supersticiones o realidades, no sabemos la verdad. Lo que realmente sucedió. Son historias de otras épocas convertidas en leyendas debido al paso del tiempo. De todas maneras, para eso fueron creadas, para creer o no en ellas. Tal vez para alimentar las fantasías y los dichos populares.
Cambio de dirección y subo dos calles más arriba. Una vez pasado el siniestro callejón, girando a la derecha, se encuentra la fábrica de juguetes de plástico.
Está cerrada, ya nadie trabaja allí; pero a través de los ojos de mi infancia, veo aquellas pistolitas, aquellas hueveras, jarras, tacitas y figuras de muñecos y animales. Toda una serie de minúsculos plásticos dedicados a “La Ilusión”, como así se llamaba la fábrica. Una sonrisa asoma a mi rostro al rememorarlo.
Me fui de este lugar donde nací, hace ya muchos años. Cuando era joven y partí buscando la gloria, queriendo encontrar una vida alejada de aquellas gentes rurales. Pensando que la ciudad me concedería la abundancia, me sacaría de la pobreza.
Yo, como tantos otros, fui el resultado de la gran emigración del campo a la ciudad. Pero en aquella en la que estuve no encontré la riqueza que esperaba, sino un cotidiano vivir, con muchas penas y sacrificios.
Allí conocí a mi futura esposa, una chica venida también de su pueblo. Nos casamos y tuvimos tres hijos. Y los he perdido a todos. La muerte me arrebató primero a mi mujer, y más tarde a un hijo. Y la aventura hizo la odiosa labor de alejarme de mis otros dos hijos, ya que ellos, como yo, quisieron ver el mundo que existía más allá de su lugar natal, y también emigraron.
Así me quedé solo en mi ciudad y me hice viejo. Momento a momento. Algunos nietos vinieron a visitarme alguna vez, pero también se fueron. Soporté los años que pasaron sobre mi existencia, llenándome de vivencias, de alegrías y desgracias. Porque la vida en eso consiste. En un amanecer cada día con el ánimo levantado, en un dormirse en la noche de la tristeza. 
Y un día decidí volver a mi pueblo, a mi casa, aun sabiendo que nadie me esperaría. Donde sólo me acogería mi nostalgia.
Donde seguramente me espera el fin de mis días. Pero quiero morir en el lugar que me vio nacer, y yacer bajo sombra de los cipreses del cementerio de mi pueblo, donde están enterrados mis padres y mis abuelos, la única compañía que me saludara desde el otro mundo, cuando mi cuerpo emita el último suspiro.
He llegado por fin a la puerta de mi casa; la abro fácilmente, no tiene llave ni cerraduras. El interior está ruinoso, pero aún conserva algunos muebles, una mesa y cuatro sillas desgastadas. Tampoco hay luz artificial, pero no me importa.
La luna llena acoge a la habitación, y como si fuera amiga suya, la rodea con una suave penumbra. Es suficiente para que mis ojos se acostumbren a ella y consiga sentarme en una silla.
Se me hace un nudo en la garganta y estoy a punto de llorar. Siento la fuerte emotividad de mi regreso.
Entonces mi mente vuelve a recordar los sucesos vividos durante mis recorridos por los otros caminos que he visitado, por los bosques que he atravesado en mis muchas noches en las cuales me escapaba de mi ciudad y me dedicaba a andar sin rumbo.
Cuando las noches eran diferentes entre sí, claras, oscuras, siniestras, fantasmagóricas, cortas, largas, poéticas, anodinas, comunes y mágicas.
Eran las noches de una juventud primera, de una madurez luego, de una vejez después.
Mas este ha sido el paseo más tardío, mi postrero camino en la noche. Lo sé con certeza.
Adivino con la misma seguridad la razón por la cual caminé durante todas las demás noches hasta llegar hasta esta, que me trajo aquí, para reencontrarme conmigo mismo y con mis orígenes primeros.
He caminado durante mi última noche para hallar mi final.



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