lunes, 11 de julio de 2016

Lo que ves en los demás, es tu reflejo...

Lo que ves en los demás, es tu reflejo...


La ley del espejo.
A la hora de construir cada paso de nuestro crecimiento personal nos enfocamos en exceso, tan solo en nuestro interior, cuando gran parte de lo que podemos aprender reside en el exterior o en nuestro entorno de confianza…
Muchos han sido los estudios sobre psicología personal que afirman que el exterior actúa como un espejo para nuestra mente. Un espejo donde vemos reflejadas diferentes cualidades, características y aspectos personales de nuestra propia esencia, de nuestro ser más primitivo.
“La gente solo nos devuelve el reflejo de la forma en que les hablamos.”
Hablamos de las situaciones que frecuentemente se nos dan en nuestro día a día cuando observamos algo que no nos gusta, de los demás y sentimos un cierto rechazo, incluso disgusto. Pues bien, estamos ante la ley del espejo, la cual establece que de alguna manera ese aspecto que nos disgusta, de determinada persona existe en nuestro interior. ¿Por qué sucede esta experiencia? Hoy te compartiremos su función y el origen de esta ley.
El defecto que percibimos, ¿está en el exterior, no en nosotros mismos?
La ley del espejo establece que nuestra inconsciencia, ayudada por la proyección psicológica que realizamos durante ese momento, nos hace pensar que el defecto o desagrado que percibimos en los demás solo existe “ahí fuera”, no en nosotros mismos. La proyección psicológica es un mecanismo de defensa, por el que atribuimos a otros sentimientos, pensamientos, creencias o incluso acciones propias inaceptables para nosotros.
La proyección psicológica comienza a ponerse en marcha, durante experiencias que nos suponen un conflicto emocional o al sentirnos amenazados, tanto interior como exteriormente. Cuando nuestra mente entiende que existe una amenaza para nuestra integridad física y emocional, esta emite como rechazo hacia el exterior todas esas cualidades, atribuyéndoselas a un objeto o sujeto externo a nosotros mismos. Así, aparentemente, colocamos dichas amenazas fuera de nosotros.
Las proyecciones suceden tanto con las experiencias negativas como con las positivas. Nuestra realidad, la trasladamos sin filtro al mundo exterior, construyendo la verdad exterior con nuestras propias características personales. Una experiencia, característica de la proyección psicológica sucede cuando nos enamoramos y atribuimos a la persona amada ciertas características, que tan sólo existen en nosotros.
Proyectamos sobre el entorno nuestra propia realidad
La ley del espejo se refleja cuando afirmamos “conocer” muy bien a otras personas y en realidad lo que hacemos es proyectar sobre ellas nuestra propia realidad. Cuando se da esta situación estamos superponiendo nuestra visión, proyectada de nosotros mismos sobre la imagen física de dicha persona, captada por nuestros sentidos.
Ser conscientes de aquello, que proyectamos en los demás nos permite descubrir cómo somos en realidad. El permitirnos tener constancia de este mecanismo mental nos facilita recuperar el control sobre lo que está sucediendo en nuestro interior para poder hacernos cargo y trabajar, aquellos aspectos de nosotros que no deseamos mantener o queremos transformar a positivo.
“Pero lo vi… Mi espíritu sin calma era ya, de tu espíritu, un reflejo. Toda mi alma se espació en tu alma, y en ella se vio, como en claro espejo.”
-Pedro Antonio de Alarcón-
Es imprescindible recordar que todo lo que llega a través de nuestros sentidos lo damos como cierto, sin reconocer muchas veces la parte de interpretación o de subjetividad que hay en ello. Vivimos de acuerdo a esta forma de percibir la realidad, creando distorsiones negativas o que nos generan malestar a la hora de relacionarnos con las personas de nuestro entorno, incluso con nosotros mismos.

Si queremos emplear este recurso natural “el proyectar” de forma sana y plena, para obtener un crecimiento interior saludable, la meditación (aquí y ahora) nos ayudará a trazar dicha frontera, facilitándonos el aprender a ver las cosas como realmente son. Siempre recordando la premisa de que “observar dice más sobre el observador que sobre lo que se observa”.



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