lunes, 1 de febrero de 2016

Con el corazón cansado...

Con el corazón cansado



La tristeza infinita contenida en tu mirada hizo que me diese cuenta de que te había perdido, estabas a miles de kilómetros entre mis sábanas.
Quise aferrarme a tus falsas caricias cuando el dolor abrazó mi corazón como el agua funde el hielo sin remedio.
Sabía que te irías cuando abrí la puerta de mis sueños y entré en la realidad de mis pesadillas, más allá de los campos de trigo que el viento peina y dora el sol.
Deseé contagiarte de mi pasión cuando con delicadas caricias alargué cada beso, cada súplica silenciosa… eras mía una vez más, sin ser mía ya.
Tu cuerpo pedía libertad a tu mente, que se compadecía de mí postergando la despedida, postergando el dolor de una herida que sangraba oculta.
Llovía en nuestra casa entre un aire quieto, expectante, cargado de silencio y palabras forzadas, saliendo sin querer escapar del pecho.
La rutina de los días había apagado el fuego que nos calentó y el frío llegaba poco a poco, que quisiéramos darnos cuenta, sin querer abrir la caja de los vientos que se iban convirtiendo en huracán incontenible.
 Nos amábamos sin amor, haciéndonos daño sin querer, notando frías las caricias, distantes los besos, cansados los cuerpos y roto el amor.
Un día en que sobraban las palabras, nos miramos a los ojos, con esa tristeza infinita de sabernos heridos, desnudos de sentimientos.
Entonces te abrí la puerta, nos besamos por última vez y te alejaste de mi dolor dejándome en el limbo de tu ausencia.

Desde aquel día no pasa una hora, un minuto, un segundo, un instante… sin que el silencio me recuerde que ya no estás, sin que este corazón, cansado de latir, olvide que te pertenece.

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