jueves, 11 de febrero de 2016

“Debería”, esa palabra que tanto nos ata...

“Debería”, esa palabra que tanto nos ata





“Debería empezar la dieta”, “debería llamar a mi madre”, “debería decirle a mi jefe que merezco un aumento de sueldo”, “debería hacer ejercicio como me dijo el médico”. 
Una gran cantidad de “deberías” nos acosa a diario, convirtiéndose en auténticos lastres que nos acorralan y que sobreviven en base a esa posibilidad que nunca llega.
Este “debería” se trasforma en una especie de utopía, en sueños no cumplidos, en leyes inquebrantables y en barreras que no nos dejan avanzar. Sin duda, “debería” es una palabra que nos ata a los miedos, a las inseguridades y a la falta de acción. Así, es preciso que nos quitemos ese peso llamado “debería”, que tiene el poder de hacer cualquier camino mucho más tortuoso.
Debería + (rellene según corresponda)
¿Cuántas veces has dicho la palabra “debería” (o tendría que) en los últimos días? Doy por hecho que no te has puesto a contarlas, pero sin miedo a equivocarme apostaría a que han sido más de las necesarias. Sin duda, “debería” es una de las palabras que más frecuentes en nuestros diálogos internos.
Esta forma de conjugar el verbo “deber” está unida a las ideas irracionales, esas creencias que nos perturban y no nos dejan vivir satisfactoriamente. Estas creencias se encuentran muy arraigadas en nuestro interior y rigen nuestra existencia. Pero, en lugar de ser un punto de partida para conseguir algo más grande, lo que hace precisamente es bloquear esta tendencia a la acción.
El “debería” o el “tengo que” suelen estar acompañados del “siempre” o el “nunca”. Nada es tan tajante y estricto. Muchas personas emplean estas palabras como una manera de mentirse a sí mismas. Piensan que imponiéndose en condicional una tarea, la están marcando en rojo en sus agendas cuando en realidad están dando fuerza -con su discurso interno- a la posibilidad de no realizarla.
El debería no genera acción sino negación
Cuando indicamos que deberíamos hacer algo en particular, en la mayoría de los casos no lo plasmamos en una acción puntual. En lugar de eso, todo se queda en una promesa incumplida, en una idea dicha al azar o incluso en una manera inconsciente de “convencernos” de que cambiaremos.
Por ejemplo, si se dice “debería bajar de peso porque el médico me ha dicho que mis últimos exámenes no están del todo bien” se está pensando en el problema. Muy bien. Pero no en la solución. Puede que la frase continúe con un “debería hacer dieta” o “debería ir al gimnasio”. Ambas son supuestas acciones, con más probabilidades de rechazarse que de aceptarse.
 
Si en lugar de seguir agregando tantos condicionales a futuro se expresara: “empezaré la dieta” o “me apuntaré al gimnasio” quizás sea más fácil llevarlo a cabo. Sin embargo, eso no es aún lo ideal. Lo mejor en este tipo de situaciones es dar el primer paso: sacar de nuestra nevera todo aquello que no esté incluido en nuestra dieta o ponerte las zapatillas y empezar a hacer ejercicio.
Elimina los “debería” y vive más liviano
Según la Real Academia Española, el verbo “deber” (en todos sus tiempos) se refiere a una obligación. Un dictado que podemos o no comprender, pero del que no podemos escapar. Si nos vemos forzados a hacer algo que no comprendemos y nos aprendemos de memoria esos mandatos superiores, cada vez se nos hará más cuesta arriba tomar la decisión de ponerlos en práctica.
Volviendo al ejemplo de la persona que va al médico y este le recomienda una serie de medidas para bajar de peso de las que el paciente cuestiona su efectividad. Al no entender la lógica de lo que el especialista le propone, no puede hacerse cargo de la situación. Quizás si el doctor le explicara con detalle la ciencia que hay detrás de la relación entre deporte y salud, el paciente diría “debo”, en vez de “debería…, pero no encuentro una razón para hacerlo más allá del propio deber impuesto”.
Las presiones y los pensamientos irracionales que comienzan con la palabra “debería” se instalan en nuestras mentes desde una edad temprana. “Tengo que sacar buenas calificaciones”. “Tengo que obedecer a mis padres y maestros”. “Tengo que graduarme”. “Tengo que formar una familia” … y un largo etcétera.
¿Por qué “debería” hacer todas estas cosas? ¡Porque así lo dicta la cultura, la sociedad o las costumbres! Esa no es respuesta suficiente. ¿Qué tal si entendemos que aprobar un examen, decir todo que si a los mayores, elegir una buena carrera universitaria o casarse no “deberían” ser fardos a nuestras espaldas?
Cuando el “debería” nos da miedo y culpa
Las normas sociales llevan mucho tiempo instauradas y por ello la mayoría no las cuestionamos. 
Esos “debería” que nos imponen por regla moral o cultural no fueron pensados para molestarnos o perjudicarnos, pero están ahí y muchas veces interfieren con la posibilidad de tomar nuestras propias decisiones.
 
¿Qué sucede si no cumplimos con los “debería” que nos han inculcado desde que nacemos? Nos da temor, incluso cuando llevar a cabo una premisa antigua nos priva de ser felices. Los “deberías” que no cumplimos nos hace sentir culpables. ¿Sabías que ese sentimiento solo está presente en las personas y en los animales de compañía porque los humanos se lo han traspasado?
Si hacemos los deberes estaremos libres de cargos, pero no de culpa. El pensamiento que afirma que “cuando quebrantamos un mandamiento social estamos perjudicando a la propia sociedad” en muchas ocasiones no es cierto. Por no estudiar una carrera universitaria no dejaremos de ser buenas personas. Por no casarnos no nos convertiremos en una amenaza para la comunidad.
Ten en cuenta qué acciones te harán feliz, aunque no carguen con el peso de los “debería”. Ponte manos a la obra y pasa del pensamiento a la acción. Las ideas irracionales o heredadas continuamente son el mayor obstáculo para vivir plenamente y todo porque, sin querer, alimentamos su existencia.


 

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